martes, 24 de diciembre de 2013

Mis Nochebuenas de cuando niño

El último de los convites navideños

La Navidad pasó fugazmente por mi niñez. Casi no alcancé a disfrutarla conscientemente, porque cuando somos pequeños ponemos énfasis en el qué, en detrimento del por qué.

Corría 1968 cuando asistí a la última celebración de La Nochebuena 'a todo dar', en el garaje de Teyo, frente a mi casa, en el barrio de La Vigía, en la entonces habanera localidad habanaera de Güira de Melena. Nunca olvidé aquel banquete organizado por Nena Masa, con la colaboración de quien fuera casi mi segunda madre, Ayita, y otros vecinos, incluidos mis padres. Sin saberlo, estábamos asistiendo al último convite navideño. Un año más tarde, la Navidad sería prohibida por decreto gubernamental con el argumento de que era necesario trabajar sin descanso para lograr los 10 millones de toneladas de azúcar al finalizar la contienda de 1970.

"Nochebuena", obra del cubano Luis Joaquín Rodríguez Arias

Desde el día anterior al 24 de diciembre, la casa de Nena era el centro de los preparativos de una cena navideña marcada por la austeridad, pero matizada por la capacidad que comenzaban a tener las amas de casa cubanas para sustituir algunos ingredientes de los platos que especialmente preparaban para la ocasión. Llegado el momento, aquellas dos mesas muy largas como resultado de la unión de varias prestadas por los vecinos, lucían impecables. El banquete tenía el tradicional menú de arroz blanco, potaje de frijoles negros, cerdo asado, yuca con mojo, ensalada de vegetales y pan, al que se agregaban los postres caseros como buñuelos hechos a partir de yuca y boniato, dulce de coco, dulce de naranja o toronja, casquitos de guayaba y queso blanco. De beber, cerveza Hatuey, Cristal y Polar, ron o aguardiente y algún que otro vino importado.

Aquella fiesta navideña, que era muy cubana y muy pagana, no tenía más connotación que la de una tradicional reunión familiar o vecinal. Porque eso tenía el cubano de aquellos años, era muy unido y le gustaba compartir con los amigos cercanos. Los más religiosos, “los católicos, apostólicos, romanos”, como decía Mima, acudían a la Misa del Gallo en la única iglesia del pueblo, pero eran los menos. No recuerdo que por aquellos años en que disfruté de la Navidad, mis vecinos fueran luego a la iglesia. Quizás porque por aquella época las relaciones entre Iglesia y Estado eran cada vez más tensas, debido a que el proceso revolucionario se tornaba ya incompatible con la doctrina de la Iglesia. Y la mayor parte del pueblo defendía la Revolución, así que por fidelidad o por otras razones no le seguían el juego a la jerarquía católica de entonces.

Si te preguntan, di que NO
Con apenas 8 años, comenzamos a vivir las sucesivas Navidades algo así como a “escondidas”. Tanto mi familia como los vecinos celebraban el 24 de diciembre a puertas cerradas, evitando así que fuéramos "acusados" de debilidad ideológica. Éramos advertidos por nuestros padres o familiares: “Si te preguntan si hacemos la comida de Nochebuena, tú diles que NO”. Aquel jolgorio de años anteriores, en que los niños corríamos por todo el patio y finalmente terminábamos sentados frente al arbolito navideño, pasaría a ser parte de la historia.Ya no comeríamos más turrones españoles, ni tendríamos uvas ni manzanas, ni frutos secos en la mesa navideña. Los productos españoles que, en principio, distribuían por la libreta de abastecimiento, dejarían de importarse. El estado comenzaría a borrar todo vestigio de celebraciones religiosas. Quedaban atrás aquellos años iniciales de la Revolución, cuando camiones del Ejército Rebelde recorrían los barrios más pobres para hacer entrega de los paquetes de Navidad, con arroz, carne de cerdo, frijoles negros y golosinas.

Seguí creciendo en el mismo ambiente familiar, en el que convergían lo católico y lo afro, pero con ciertas restricciones, sobre todo a la hora de manifestar públicamente mi inclinación religiosa. La educación y la preparación profesional que recibiría después, terminarían por convertirme en un ser ateo, descreído, aunque con más lagunas que conocimientos en materia de religión. No obstante, seguiríamos luego la costumbre de reunirnos en Nochebuena y hacer una comida íntima, sin pretensiones ni ínfulas religiosas porque, en realidad, creyentes no éramos.

Años después, en la década del 80, ya adulto y viviendo en La Habana, en las noches del 24 de diciembre asistiría, junto con mi esposa e hijos, a la cena que organizaba mi tía María quien, por su condición de católica fiel, sí había celebrado siempre la Navidad “como Dios manda”. Por esa época sin el miedo que nos albergaba en los años de la infancia. Aunque las celebraciones alegóricas a la Navidad seguían siendo mal vistas, ya por entonces la mentalidad de nosotros y la de los que decidían los designios de todo el pueblo comenzaba a tornarse diferente.

El regreso de la Navidad
Veintiséis años más tarde, bien lejos de Cuba, reviviría el ambiente navideño que había dejado atrás en mi niñez. A los seis meses de haber llegado a Holanda, sólo y con mi familia a 10 mil kilómetros de distancia, aceptaría la invitación de unos amigos colombianos para festejar la Navidad de manera normal, sin saber que dos años después, en 1997, pocas semanas antes de la llegada de Su Santidad Juan Pablo II a la isla, los cubanos disfrutaríamos de un feriado navideño, pero sólo por esa ocasión. La sorpresa la daría un año más tarde el Partido Comunista de Cuba, cuando recomendó autorizar la celebración de la Navidad. Ahora para siempre.

Volverían a la palestra aquellas celebraciones de hace siglos. Reviviría en nuestras familias la hermosa costumbre de poner el “nacimiento” junto al árbol de Navidad, con luces y adornos. Muchos rescatarían lo que alguna vez se hiciera tradición, la cena familiar en la Nochebuena cada 24 de Diciembre. Esta vez con lo que tuvieran para poner sobre la mesa, pero cultivando la necesaria reunión de familia y con la evocación de los ausentes. Eso sí, sin las felicitaciones navideñas ni los villancicos por la radio o la televisión, que casi 14 años después de la visita del Papa Juan Pablo II, siguen sin tener cabida en los medios de difusión. 

martes, 3 de diciembre de 2013

Para mí todo era nuevo

Cuando empecé a ensanchar mi mente

En 1967, durante la semana que pasé en La Habana empezó a ensancharse mi mentalidad de niño guajiro. Supe que, más allá de mi terruño lleno de encantos naturales y humanos, había otro modelo vecinal, con calles vistosas, con aceras anchas y frondosos árboles.
El Vedado tenía también su magia, mezcla de grandeza arquitectónica y de belleza natural que convergían en El Malecón habanero. Todo me parecía novedoso, desde el Convento de las Carmelitas Descalzas, hasta los famosos edificios altos como el Focsa o el Hotel Habana Libre, antiguo Hilton.

Corría el año 1967 y en medio del apogeo revolucionario quedaban aún vestigios de un barrio de clase media alta que no quería perder ni categoría ni fama. Y yo estaba allí para contemplarlo, sin saber que 20 años más tarde iría a formar parte de los nuevos pobladores, por cierto, menos afortunados.


Mis tíos aprovecharon mis vacaciones en La Habana para llevarme a pasear con mis primos. Jalisco Park, en 23 y 18, fue una de las primeras visitas obligadas. Aunque en mi pueblo había también un parque de diversiones con ‘los caballitos’ (carrusel), ésta otra instalación tenía muchas más atracciones, algunas para mí desconocidas. Creo que esa tarde le hicimos un hueco tremendo al monedero de tía María. Lo curioso era el entorno donde estaba (y sigue ubicado) ese centro recreativo, a sólo unos metros de una de las entradas del cementerio de Colón. Desde la Estrella (conocida en otros lugares como Noria Gigante), podía divisar las sepulturas, muchas de las cuales eran (y aún son) verdaderas joyas arquitectónicas. Aquella combinación de diversión y placer me parecía muy rara, porque en los pueblos pequeños estábamos acostumbrados a la idea que el campo santo era sagrado, de ahí su ubicación en las afueras del perímetro urbano. En la práctica vi que los habaneros también manifestaban respeto por los difuntos, pero estaban más civilizados, al punto que sabían convivir juntos unos y otros.

La cercanía al malecón nos llevó a dedicar una de esas tardes a la pesca. El Chino, como toda mi familia llama a tío Plácido, tenía una vara de pescar y todo tipo de anzuelos. Pertrechados del equipamiento básico, bajamos por calle 26, desde 19, buscando la calle Línea hasta llegar a Malecón. Nos sentamos en el muro y comenzamos la faena. Mi primo Roberto ya conocía la técnica de pescar, pero yo en eso era un novato. Haciendo gala de una paciencia infinita, mi tío sostenía la vara de pesca y fijaba su mirada en el punto donde el sedal se perdía en el agua a la espera de que algún pez se decidiera a picar el anzuelo. Tuvimos algo de suerte y llevamos a casa un pequeño ‘ensarte’ de pescado. Ese día la comida estaba resuelta.

Una playa con arena


Ese mar azul que contemplábamos desde el Malecón invitaba a darse un baño. El calor de aquel verano era propicio para conocer una de las playas más cercanas, La Concha, en el litoral oeste de La Habana, que visitamos al día siguiente. Yo no salía de un asombro para entrar en otro. Acostumbrado a ver, de vez en cuando, el turbio mar del sur de La Habana (en la Playa El Cajío, conocida por sus fangos medicinales), noté enseguida la diferencia del agua, porque esta era cristalina.

Estaba en presencia de una playa con arena blanca, con una infraestructura heredada de épocas anteriores que combinaba los servicios públicos con los gastronómicos, que por aquellos años comenzaban a decaer. Qué manera de disfrutar del Sol, la arena y aquel mar que parecía un plato.Toda esa zona había sido hasta unos años atrás propiedad de los socios de clubes como el Habana Yatch Club, uno de los más exclusivos de la playa de Marianao. Cerca de la Playa de La Concha, estaba el Coney Island, el mayor parque de Diversiones de Cuba. Al ver aquella variedad de atracciones desde la ventanilla de la guagua, mis primos María Elena y Roberto le pidieron a mis tíos regresar otro día para que yo disfrutara de todos esos encantos. Y así fue, una tarde volvimos a Marianao y montamos frenéticos los carros locos y los otros aparatos propios para nuestra edad. Sentados en uno de los bancos nos resignábamos a contemplar cómo los mayores se lanzaban al vértigo de la montaña rusa, mientras contábamos los años que nos faltaban para estar allá arriba. Finalmente nunca lo hice, porque cuando alcancé la edad requerida, la emblemática montaña rusa estaba destartalada, con el repetitivo cartel de “fuera de servicio”, que solía aparecer en muchos establecimientos públicos.

Un paseo por las tiendas
La posición geográfica de El Vedado nos favorecía para viajar en cualquier dirección. En un abrir y cerrar de ojos, la ruta 57 nos llevaba hasta La Habana Vieja y sus todavía encantos de centros comerciales, que por esos años entraban en decadencia. No obstante, alcancé a ver y disfrutar de las golosinas del Ten Cent de Galiano, y lo que quedaba de los otros comercios más famosos de los años 50 como Flogar y La Época. Hasta disfruté la novedad de los ascensores y las escaleras mecánicas de esas tiendas, que aún funcionaban. No recuerdo que mis tíos hayan comprado algo ese día. Eran tiempos de colas kilométricas y, más bien, aquél era un viaje de placer.

La semana se fue volando. Ya era domingo. Tía María con una vocación católica admirable, había educado a mis primos en los principios cristianos. De hecho, por aquellos días mi prima tomaba las clases de Catecismo para hacer la Comunión. Y mi primo no se quedaba atrás, porque ya comenzaba a imbuirse en los menesteres de monaguillo. Lo comprobé cuando les acompañé a una de las misas que religiosamente asistía mi tía. Yo no tenía la menor idea de cómo comportarme en una Iglesia; es más, ni sabía rezar el Padre Nuestro. Aquel día sentí que estaba fuera de lugar cuando me acerqué a saludar a las monjas de Clausura. Éramos una familia numerosa y mi madre, tan ocupada en las labores del hogar, nunca se preocupó por llevarnos los domingos a misa. Tampoco mostraba ella tanto interés por ese mundo de la religión. Tanto ella como mi padre, creían a su manera, como si tuvieran su propio Dios. Me imagino que también haya influido, en parte, el carácter ateo que comenzaba a tener la educación por aquellos años. La Iglesia y el Estado no congeniaban. E ir a la Iglesia era ‘un pecado’. Continuará...

Cargados de jabas... camino a La Habana

Aquella tarde de domingo, allá por 1967, con apenas seis años, estaba a punto de ver realizado un primer sueño infantil. Dejaba por unos días la rutina del barrio y cambiaba las palmas y el verde de los sembrados por el asfalto y los edificios de La Habana. El Vedado, el sitio más emblemático de la capital, me daría la bienvenida. Junto a mis primos y tíos, viviría durante una semana el ambiente capitalino.

Costó trabajo que Mima y Pipo accedieran. Mis tíos María y Plácido se encargaron de convencerles de que serían las vacaciones que hasta ese momento nunca había disfrutado. La noche antes, me dormí pensando en que aquella iba a ser una semana inolvidable. Me levanté temprano para ir a casa de mis abuelos Luisa y Cheo, que vivían en el mismo barrio, en la calle final, a dos cuadras de mi casa y donde pernoctaban los fines de semana mis tíos habaneros. Muchacho al fin, comentaba a todos que me iría a conocer La Habana, la ciudad que hasta ese momento había visto sólo en revistas y, alguna que otra vez, desde el portal de Eloína, la única vecina del barrio que tenía televisor.

Aunque el viaje sería por la tarde, desde el mediodía ya mi equipaje estaba listo. Mima había cuidado cada detalle. La ropa, como siempre, estaba impecable. Mi madre presumía de tenerlo todo en orden, y mis pantalones y camisas lucían planchados como de tintorería. Mi padre procuró, por su parte, conseguir alguna que otra vianda para ayudar a mis tíos con mi alimentación. Eran años difíciles, de una austeridad increíble, y aunque entender yo no entendía nada, todos hablaban de que el bloqueo estadounidense se acrecentaba cada vez más y que comenzaban a escasear algunos productos de primera necesidad.

El Pegaso iba atestado
Cuando cayó la tarde y el fuerte sol comenzó a ceder, mis tíos y primos pasaron por mí. Me despedí de mi madre y mis hermanos, y Pipo nos llevó en su camión hasta la parada de ómnibus, por aquel entonces en el centro del pueblo, en la esquina de las calles Cuba y Manuel Landa, frente al restaurante Las Delicias. Hicimos la cola de los sentados para la ruta 75, porque el viaje era largo y como éramos tres niños, era peligroso ir de pie. Aunque estaba acostumbrado a viajar frecuentemente en el camión de mi padre, para ir a visitar a nuestra familia en pueblos y barrios aledaños a Güira, aquel trayecto en la 'guagua' fue todo una novedad. Recuerdo que hice el viaje un poco mareado, porque aquel ómnibus Pegaso iba atestado, el calor era agobiante y el camino estaba lleno de curvas.

La ruta 75 nos llevó hasta Santiago de las Vegas, municipio a medio camino de La Habana, que años más tarde conocería como la palma de mi mano, porque allí se fue a vivir mi hermana mayor, Mary, cuando se casó con un santiaguero, Rubén. En Santiago volvimos a hacer otra cola, esta vez para la ruta 76. Por suerte, ésta tenía aún un servicio bastante rápido y eficiente, por lo que en 20 minutos seguimos viaje hacia La Habana. La Fuente Luminosa, frente a la Ciudad Deportiva fue nuestro siguiente destino. Allí tomamos la ruta 27 y en cinco minutos más estábamos 'desembarcando' en la calle 26, entre 17 y 19.
Parecíamos 'jaberos'Llegamos cargados de jabas, como la mayoría de los que viajaban desde Güira. Estaba de moda ir a los municipios de La Habana campo a conseguir alimentos. Los llamados 'jaberos' se dedicaban al trueque de ropa o alimentos en conserva por viandas y vegetales. Era común que jabones, desodorantes y prendas de vestir compradas en la ciudad, fueran intercambiados por plátanos, frijoles y verduras. No era nuestro caso, porque afortunadamente, conseguíamos algunos productos agrícolas cosechados por nuestros familiares que eran dueños de fincas.

La llegada a La Habana fue casi al anochecer. Recuerdo que nos quitamos el 'churre' de encima, comimos y caímos rendidos en la cama. Terminaba así un día largo, pero novedoso y me esperaba otro lleno de aventuras. Continuará...

Soy de donde crece la palma

El guajiro cumple 53 años

Guajiro se le llama al campesino cubano, unas veces en tono despectivo; otras no. Pero, en sentido general, es un término que también se adjudica con cariño y del cual muchos se sienten orgullosos, entre ellos yo.

"Soy guajiro y carretero/ Y en el campo vivo bien/ Porque el campo es el Edén/ Más lindo del mundo entero... Yo trabajo sin reposo/ Para poderme casar/ Y si lo llego a lograr/ Seré un guajiro dichoso".

Siempre escucho con suma nostalgia esta famosa guajira de Guillermo Portabales, 'El carretero', porque en ella se sintetizan las cualidades de ese hombre pegado a la tierra y a quien siempre admiré.


Aunque no provengo de una familia campesina, sí nací hace 53 años rodeado de fincas con la tierra más roja que "ojos humanos han visto". Crecí viendo la riqueza del campo cubano, al sur de la antigua provincia de La Habana (hoy provincia de Artemisa), en el municipio Güira de Melena, cuya población, allá por la década de los sesenta, era de unos 25 mil habitantes.

Muy cercanos a mí vivían varios tíos y tías por parte de padre, quienes sí poseían un pedazo de tierra que cultivaban con tremendas ganas, y le sacaban cosechas muy abundantes, de las cuales se beneficiaba nuestra familia.

En ese ambiente del campo, con palmas reales por doquier, comencé a experimentar la necesidad de comunicarme más allá de mi nativo barrio 'La Vigía', por esa época con calles de más tierra roja que piedra. Así que no desaproveché ninguna oportunidad para 'engancharme' a todo aquel integrante de la familia que fuese de paseo al centro del pueblo. Mis andanzas iban desde recorridos por casas de familiares hasta periódicas visitas al cementerio municipal para llevar flores a los difuntos, en aquellos años una tía paterna, un tío político y posteriormente mi abuelo por parte de padre.

El legado de una tía
Aquellas caminatas casi siempre las hacía con mi tía Urbisia, por aquel entonces ya viuda, quien vivía a no más de 100 metros de mi casa. Fue ella la primera en contarme historias familiares, en enseñarme lo que hay más allá de las vocales, del abecedario y de los números del 1 al 10. Con ella aprendí que la vida tiene rincones insospechables, todos los que uno quiera hurgar. Me enseñó además que el destino se lo forja uno mismo y que nada es imposible. Su legado llenaría mis sueños y anhelos unos años más tarde, cuando nos dejara para siempre.

A la edad de 6 años, disfrutaba enormemente de aquellos paseos, los cuales también realizaba con el pretexto de acompañar, en alguna que otra aventura, a mis primas Emilita o Conchita, o para ser el chaperón de Olga, la segunda de mis hermanas cuando noviaba con mi cuñado Juanito. Con el paso de los años, a estos recorridos se sumaría mi hermana María Isabel quien, como yo, le tenía un cariño especial a tía Urbisia. Tali, como le llamaba de pequeña a la cuarta de mis hermanas, estaba ligada a mis andanzas familiares y, al igual que yo, era muy observadora de la realidad circundante, convencida de que no había límite en el horizonte.

Pero mi inquietud por conocer qué había más allá del perímetro de mi barrio y de mi pueblo, aumentaba cada fin de semana cuando veía llegar de La Habana a mis primos María Elena y Roberto junto con mis tíos María y Plácido. Un domingo de 1967 fue tanta mi insistencia, que mis tíos habaneros 'cargaron' conmigo. Ya era hora de conocer La Habana ciudad. Continuará...

viernes, 15 de marzo de 2013

El adiós a un amigo de mi infancia

No puedo y no quiero ser uno de aquellos que permanecen inmóviles ante los golpes de la vida. Se ha ido uno de mis mejores amigos de la infancia: Carlitos. La noticia me llegó esta mañana desde Cuba, pero tarde, porque su fallecimiento ocurrió hace unas dos semanas. Me dice mi hermana que no se enteró de su muerte hasta ayer. Y que lo lamenta, porque hubiese querido darle el último adiós en mi nombre.
La celebración de uno de los cumpleaños de Carlitos. De izquierda a derecha: Mi hermana María Isabel, yo, Carlitos, Miguelito, María del Carmen y Gregorito.
Carlitos era afable, sencillo, juguetón y comilón. La obesidad que siempre lo acompañó fue la causante de las enfermedades que acabaron con su vida a los 50 años. Le sobreviven su esposa y sus dos hijas, de las que se sentía orgulloso y a las que amaba con todas sus fuerzas.
Hoy he ido a encontrar consuelo en la canción de Alberto Cortez ¡Cuando un amigo se va’, que dedicara a su padre, a quien veía como su mejor amigo:

Cuando un amigo se va
una estrella se ha perdido
la que ilumina el lugar
donde hay un niño dormido.

Allá por la década de los sesenta, su familia y la mía eran como una sola, en el barrio La Vigía, en Güira de Melena. Su mamá Adelaida (Ayita para los amigos), me adoraba. Era un ser extraordinario, con la capacidad de amar y recibir amor, y de mimarnos. Ella decía que yo era su hijo postizo. Y es que casi me adoptó. Cuentan que me vio llegar al mundo, y que antes de nacer Carlitos, ella me llevaba a su casa para que mi mamá atendiera a mis otros hermanos mayores e hiciera las tareas hogareñas.

Y de veras que Ayita era única, por su sencillez y su humildad, pero sobre todo por sus dotes de persona solidaria. A los 11 años dejamos el barrio, pero mantuvimos el contacto con todos ellos. Siempre que iba a Cuba de vacaciones pasaba a saludarla y conversar con Carlitos. Cuando su madre se nos fue hace unos diez años sentí pena de estar lejos y no darle un último adiós. Su muerte fue un duro golpe para él. Desde entonces la tristeza lo invadió hasta sus últimos días cuando varias dolencias acabaron con su vida.

Cuando un amigo se va
se queda un árbol caído
que ya no vuelve a brotar
porque el viento lo ha vencido.
 
¡En paz descanse!

martes, 1 de enero de 2013

Fin de Año a lo cubano


El cubano tiene, desde 1959, una manera muy especial de esperar el Año Nuevo. Coincidentemente, se le dice adiós al Año Viejo y se espera al ‘recién nacido’ con otra motivación adosada a los festejos, el aniversario del triunfo de la Revolución. 

Desde que tengo uso de razón, una cosa siempre ha estado ligada a la otra. Desde niño recuerdo ese día como una fiesta con ‘sabor’ a conquistas, mas que de alegría por el comienzo de un nuevo año. La historia quiso que el dictador Fulgencio Batista huyera aquella medianoche del 1 de enero de 1959 y, que en esa fecha, Fidel anunciara el triunfo de la lucha que venía encabezando desde hacía algún tiempo. Yo nací casi dos años después, a inicios de diciembre de 1960. Así que crecí junto con esa Revolución y sus sonados aniversarios.

Desde entonces la fiesta se divide en dos partes. Los que se quedan en casa para celebrar, que son la mayoría de los cubanos, suelen comer sobre las 8:00 de la noche. El menú es muy parecido al de la Nochebuena, sólo que en vez de arroz blanco, acompañado de frijoles negros, se hace el conocido “congrí”, llamado también ‘arroz moro’ o ‘moros y cristianos’. La carne de cerdo sigue siendo el plato principal, unas veces asada, y otras frita o hecha bistec, y se acompaña con yuca con mojo. Después, como a las 10:00 p.m. el ron y la cerveza empiezan a surtir el efecto deseado por los más tímidos. Todos terminan bailando casino, a ritmo de contagiosos sones y guarachas.

Cuando dan las 12
En mi pueblo, Güira de Melena, la costumbre era y sigue siendo ‘quemar’ el Año Viejo. Próximo al 31 de diciembre es común ver en los portales de las casas un ‘muñecón’ que los niños confeccionan con ropa ya en desuso y que rellenan con paja, aserrín o hierba seca. Como elementos folclóricos, casi siempre el susodicho ‘Año Viejo’ lleva un tabaco en la boca y luce un viejo sombrero de yarey.

A las 12 en punto, en la mayor parte de los hogares cubanos suena el Himno Nacional, ya sea a través de la radio o la televisión, que se encadenaban y siguen encadenándose para la ocasión con el acostumbrado comunicado del gobierno. En realidad, en cada casa ese momento se vive hoy día de una manera diferente. No hay por que encasillarse. La quema del ‘muñecón’ es, en el caso de los guireños, el momento cumbre de la fiesta. Se le dice adiós al año viejo y con un brindis se le da la bienvenida al año que comienza.

¿Navidad o fin de año?
Con el paso de los años, la mayor parte de los cubanos asumiría la fiesta de Año Nuevo en sustitución de la Navidad, que dejaría de celebrarse en 1969 no por razones antirreligiosas, sino por los ya conocidos argumentos de que la zafra azucarera necesitaba del esfuerzo de todo el pueblo, aunque muchos siguen pensando que fue una inciativa del gobierno cubano para responder las provocaciones de la Iglesia. Esa fecha intrínseca en la cultura cubana del 24 de diciembre sería sustituida, en parte, de forma pública con los festejos por el advenimiento de los sucesivos aniversarios de la Revolución.

La primera etapa de mi niñez no dejaría registrado ningún recuerdo de esas celebraciones. Mas a partir de los seis años, comenzaría a involucrarme en la fiesta revolucionaria al nivel de cuadra. Luego, con el paso del tiempo, y la llegada de la adolescencia y después de la juventud, serían otros mis intereses y la manera de celebrar el 1 de enero, ya más como Año Nuevo que como triunfo revolucionario, pues este argumento, por entonces sonaba algo repetitivo.

No se puede hacer leña del árbol caído porque a veces renace. Así pasó con la Navidad, que ‘regresó’ hace algunos años. Ahora las dos fechas comparten, oficialmente, el mismo espacio social, aunque todavía compiten por el rango de importancia pública. Pero para la mayoría de los cubanos, la situación económica de estos últimos años ha traído el dilema de celebrar en grande la Nochebuena o el Año Nuevo. Como dice mi cuñado Culey: “Uno se tapa hasta donde le llega la colcha”. Continuará...

sábado, 1 de octubre de 2011

Donde la memoria sigue intacta

Volver al pasado allí donde tu memoria sigue intacta es reencontrarse con lo que un día fue y ya no es. Este pequeño paseo por El Vedado junto a mi esposa Taty es eso.
Espero que lo disfruten.

miércoles, 5 de enero de 2011

Mi vocación era otra

Muy pronto en este Blog
Corría el curso escolar 1975-1976. Con apenas 15 años di un paso extraordinario en mi vida. Abandoné la carrera de Magisterio y me puse a hacer lo que me gustaba: periodismo juvenil. La experiencia en la radio base de la escuela Pedagógica ‘Presidente Allende’, más la voluntad de salir adelante, me ayudaron a terminar la enseñanza preuniversitaria en un curso para trabajadores. Al mismo tiempo hacía labores voluntarias en Radio Ariguanabo, con mis primeras contribuciones en materia de periodismo y como conductor de programas para jóvenes.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Mis amigos de la infancia y mi cumpleaños 50

No sé si a aquellos que ya son padres alguna vez sus hijos le han preguntado con frecuencia por los amigos de la infancia y la adolescencia. Al menos a mí, muchas veces Juan y Victor me han comido a preguntas. Y siempre he apelado a mis memorias recordando aquellos tiempos de mi niñez, pero siento que no es suficiente solo el ejercicio de mi memoria.

Ahora, al cumplir 50 años, se me ocurrió sorprender a mis hijos con este video casero en el que amigos de mi infancia responden a algunas de sus inquietudes. No es un auto-homenaje, es un legado para mi hijos, que al mismo tiempo quiero compartir con ustedes en este blog.

viernes, 25 de junio de 2010

Preservar nuestra identidad

Gracias Hernán

La distancia nos acerca a lo que amamos, a lo que llevamos dentro y que no podemos ni queremos olvidar. Al menos es lo que experimenta la mayoría de las personas que dejan su terruño. Emigrar es llevarse en la mochila un ropaje de vivencias, es desencadenar la nostalgia y la añoranza, porque sabemos que no podemos sustituir aquello que un día dejamos atrás, independientemente del motivo de la salida. Pero esos recuerdos quedan, a veces, olvidados. No me lo perdonaría. Por eso este modesto blog y mis reflexiones sobre mi niñez y juventud.
Hoy quiero reproducir en 'Guajiro' una reflexión de un entrañable amigo, Hernán, mi vecino de Güira de Melena, esa tierra habanera por donde llegué a este mundo hace 47 años y que dejé, primero cuando hace 23 años me fui a vivir a La Habana, y después cuando, hace 12 años, vine a vivir y trabajar en estas frías tierras de Holanda. A Güira no la puedo apartar de mis pensamientos porque cada día la siento más cerca de mis raíces.

Me emocioné al leer su correo. Sus conceptos sobre identidad, la necesidad de preservar la memoria de nuestro pueblo y de nuestra isla, y su reflexión sobre la importancia de "no permitir que la memoria se corrompa en los vaivenes del presente y los olvidos del pasado", me alentaron a publicarlo. Gracias Hernán.

Amigo:
No imaginas lo que me gustó tu página sobre Güira; habíamos hablado de ella, pero no la había visto. Y te felicito por dedicar parte de tu tiempo y esfuerzos a preservar la memoria de este pequeño pueblo, que también es una manera de recordarnos nuestra esencia, y de resguardar alguna parte de nuestra identidad como nación.

Preservar la memoria en una isla es imprescindible. En un continente tal vez sea más sencillo. Si de ahí saliera algún día, siempre tiene la posibilidad de regresar por cualesquiera de los caminos que conectan una nación con otra. Además, la historia de los continentes es la de la permanencia; la "Tierra firme" siempre ha tenido en sus entrañas en don de la solidez, y las culturas que nacieron en ella no han podido ser quebradas. Las islas no. Las Islas llevan desde su misma esencia geológica el signo del cambio, de lo imperecedero, de la inmediatez. Aún cuando las islas preserven la autoctonía de floras y faunas, y desarrollen un sentido de pertenencia peculiar, la memoria siempre está en peligro de perderse.

Vivir rodeados de mar desencadena en los seres humanos que la habitan sentimientos muy diversos. El mar está asociado a lo invencible, a un poder indómito que sobrecoge cuando se le comtenmpla en sus momentos de mayor agresividad. Entonces el mar nos llena a ratos de un ahogo inexplicable, el de estar varados en un sitio del que no podemos despegarnos. Tal vez por eso la historia de las revoluciones en las islas ha sido de las más sangrientas, porque no quedaba otra opción que morir: la de escapar estaba franqueada por la impenetrabilidad del mar. Pero a su vez el mar crea una relación de dependencia.

No hay habitante de una Isla que pueda desentenderse del mar; este se le mete en la esencia misma y lo persigue dondequiera que vaya: no le permite renunciar a él, y dicen los que viajan que se le llega a extrañar como a los hijos que se dejaron del otro lado. Por eso también la insularidad presupone una vocación de viajes: el mar representa en la imaginería del isleño lo inexplorado, las preguntas por lo que habrá cuando ese mar desemboque en otras orillas. Y cuando las personas se van de una Isla, parte de la memoria se va con ellas, y el mar a veces logra llenar un vacío tan grande, que resulta en ocasiones imposible que esa memoria regrese. Entonces es imprescindible preservarla, más la de esta Isla que nos privilegió con su suelo. Creo que una zona de la historia de la evolución de nuestra identidad ha sido precisamente la de sus gentes tratando de crear una memoria que nos permitiera después saber quiénes éramos y que hacer con nuestro presente. Lamentablemente no ha sido fácil, y tanto, que hoy la fragilidad de nuestra identidad es tal, que todos los días temo que en cualquier momento pueda ser barriada y mestizada hasta diluirse en otras.

La colonia hizo cuanto pudo para evitar que los cubanos tuviéramos identidad; forjarla costó vidas y fue una lucha cruel por arrancarla, pedazo a pedazo, de las fuerzas dominantes sobre nosotros. Luego la república hizo su tanto. No en un enfrentamiento visible, sino, del peor y más eficaz de todos: la sutileza de dejarse ganar por los modelos extranjeros. Después de la república... Bueno, es historia que se está haciendo, pero memoria que no ha sido permitida tampoco.

Por eso me asusta tanto que los jóvenes partan. Ellos se van con una identidad trucada, manipulada las más de las veces, que lejos de arraigar desorienta, y ofrece la porción de parias que reclama la infranqueabilidad del mar. Y temo porque un día no encuentren el camino de regreso, no hacia la Isla, sino, hacia ellos mismos. Por eso me duele tanto que la identidad esté hoy a disposición de los vientos que soplan del mar, y la lleven a destinos diferentes cada vez. Lamentablemente no se globaliza la solidaridad, el amor o la paz; pero si las culturas más poderosas, con los medios necesarios para exportarlas. Entonces la identidad de las Islas, cercadas por el mar, finitas en sus latitudes, corre un peligro tremendo.

Cada día trato de penetrar más la cultura de esta mi Isla. Todo cuanto hago es por entender mi identidad y por transmitirla, por no permitir que la memoria se corrompa en los vaivenes del presente y los olvidos del pasado. Y duele tanto que decir a esta tierra amordazado por la indeferencia. Por eso me satisface tanto que desde un sitio tan ajeno a esta Isla tú andes también preservando nuestra memoria. Quizás llegue un día en que el mar deje de ser esa porción infranqueable de nosotros mismos y podamos domarlo hasta que nos devuelva la posibilidad de los encuentros más certeros con nuestra memoria.

martes, 9 de febrero de 2010

La permuta

Fue como arrancarnos de nuestras raíces

En Cuba las viviendas siguen siendo "propiedad privada" pero no se pueden comprar ni vender. Tras el triunfo revolucionario, la llamada Ley de Reforma Urbana posibilitó que muchos cubanos fueran propietarios de sus casas o que pagaran una módica suma mensual al Estado, como les ocurrió a mis padres a principios de la década de los 60.

Vivíamos en una casa con paredes de tabloncillo y techo de guano (hojas de palmeras). Un día de 1972, dejamos para siempre ese hogar que me vio nacer y en el cual nos criaron a los seis hermanos. Como resultado de una permuta, única manera de cambiar de casa, pasamos a vivir a otra con techo de tejas. Mi hermana María Isabel y yo fuimos los que más sufrimos este cambio de barrio.

Mis padres habían decidido dar un nuevo aire a sus vidas y querían empezar por mudarse de barrio. Aquel día de la mudanza lo tengo registrado en la memoria con lujo de detalle. Al menos para María Isabel y para mí, aquella permuta fue como arrancarnos de nuestras raíces. Con 9 años ella y 11 yo, estábamos asistiendo a un cambio brusco de nuestras vidas.

Dejábamos el reparto ‘La Vigía’, con casas de madera, mayormente construidas en forma de bohío con techo de guano, aunque por aquellos años ya sus calles habían sido asfaltadas. El nuevo barrio era más moderno, con casi la totalidad de sus viviendas de mampostería y con techo de placa; excepto algunas, entre ellas la nuestra, que era de madera, pero con techo de tejas. Esa era la diferencia fundamental.

Tanto María Isabel como yo echaríamos de menos a nuestros amigos de toda la vida: Fidelito, Carlitos, Miguelito, Tonito y María del Carmen. Ellos, junto a nuestros primos más cercanos Barbarita, Alberto y Andresito, habían sido nuestros compañeros inseparables. Nuestros juegos de entonces estaban basados en el respeto mutuo. Toda aquella pirámide de relaciones de la infancia se hacía añicos. Pensábamos que era algo irreparable. Afortunadamente, no pasaron muchos días cuando empezamos a hacer buenas migas con los niños del nuevo barrio.


Reparos por el cambio de casa
Mi hermana menor, Gisela, con 4 años, no se enteraba de aquel jaleo. Mis otros hermanos mayores que yo, Olga y Pepe, no tenían reparo con el cambio de casa. Mas sí mi hermana mayor, Mary, que por entonces ya estaba casada y vivía aparte de nosotros. De regreso de un viaje a Canasí, donde vivía parte de la familia de su esposo, Mary fue a visitarnos y quedó tristemente sorprendida. Si bien el barrio era mejor que el otro, la casa dejaba mucho que desear. Según ella, esta otra vivienda estaba casi en peores condiciones que la anterior, que era más amplia y ventilada. Para empezar, esta de la avenida 95 era accesoria, es decir, eran dos viviendas adosadas, con ventanas a un solo lado. Eso sí, en el patio _aunque más pequeño que el anterior_ afortunadamente mi padre podía guardar su camión.

En realidad, mis padres querían mejorar la casa, renovarla lo antes posible y, con el paso de los años, poco a poco lo lograron. En parte, gracias a un dinero que nos ‘cayó’ del cielo. A Pipo, como a todos sus hermanos, le gustaba jugar ‘la bolita’, una especie de lotería ilegal que siguió activa a pesar de que una de las primeras medidas del Gobierno Revolucionario había sido la prohibición de los juegos de azar. Lo cierto es que mi papá le había puesto un peso al 25 combinado con el 38 y como resultado de ese parlé, llegaron aquellos 1800,00 pesos cubanos.
El juego es parte de la idiosincrasia del cubano y, hoy día,
los cubanos siguen jugando a pesar de los riesgos.
Esa lotería se ha convertido en el pasatiempo nacional.
De manera clandestina se escucha la rifa desde
Colombia, Venezuela o desde el mismo Miami.
Hay personas que fungen como bancos y pagan
a los premiados mediante las cadenas de
listeros que se encargan de recoger las apuestas.
Y fuimos propietarios

Tenía yo unos 15 años cuando la casa quedó totalmente renovada. Por casualidades de la vida, cayó en mis manos un artículo de una revista en el que se reconocía que otras de las primeras medidas del Gobierno Revolucionario había sido exonerar de pago a aquellos inquilinos de viviendas con techo de guano. Entonces, con todo el derecho que me daba la ley, me personé en la oficina municipal de la Reforma Urbana y reclamé lo que nos pertenecía: la propiedad de la vivienda. Por desconocimiento de mis padres y por error de los funcionarios, durante 12 años habíamos estado pagando el alquiler de una casa considerada bohío.

Mi petición fue llevada a la dirección provincial de la Reforma Urbana y las autoridades se vieron en la obligación de otorgarnos el título de propiedad de la nueva casa. Fue mi primera victoria. Contaba mi padre que el entonces director de la oficina municipal de Güira de Melena le había dicho: “Tú hijo tiene tremendas espuelas; es un gallito de pelea, ha sido muy valiente , y su actitud una enseñanza para nosotros”.

lunes, 11 de enero de 2010

Adiós a Plácido Fernández (El Chino)

Su nombre, Plácido, del latín placĭdus significa quieto, sosegado y sin perturbación; grato, apacible. Así era El Chino, como cariñosamente le llamábamos los más allegados. Sus padres no se equivocaron al bautizarlo e inscribirlo como Plácido siguiendo la tradición del Santoral, en honor a San Plácido, monje, mártir y santo cristiano cuya festividad se celebra el 5 de octubre. Nuestro Plácido vivió 80 años consecuente con el significado de su nombre.

Plácido nació en el campo y del campo se nutrió. Desde pequeño ayudó a sus padres y hermanos, primero como bodeguero y después, como pudo, desde La Habana, a donde fue a parar en sus años mozos en busca de nuevos horizontes. Allí se estableció para siempre, los primeros años como conductor de la ruta 57 y luego como tabaquero. Pero jamás cortó con sus raíces con Güira de Melena, tierra que amó y que ahora lo acoge para siempre.

En Güira Plácido Fernández conoció el amor de su vida, María Roque, junto a quien formó una bella familia, ejemplo para muchas otras e inspiración para los más jóvenes al crear la prole siguiendo su actuar. El amor cobijó a Plácido y María durante 51 años de casados. Fruto de aquel matrimonio vinieron al mundo sus dos hijos entrañables María Elena y Roberto, por los que echó p’lante hasta verlos convertidos en grandes profesionales, de los que se sentía orgulloso.

Un hombre especial

El Chino fue un hombre respetuoso, honesto, cariñoso, solidario. Entrañable hijo, adorado hermano, excelente yerno. Un cuñado encantador, un amigo sincero, un esposo fiel y un abuelo especial. Orgulloso vivía de sus nietos, los de sangre y los postizos que se le fueron sumando.

El Chino era conversador. Sabía charlar sobre temas interesantes, y estaba siempre dispuesto a intercambiar ideas y abierto a escuchar los problemas de los otros, para los cuales tenía a mano una solución o la experiencia de los años vividos. Me consta.

Siempre fue luchador. Somos testigos de sus maratónicos viajes a Güira cargando jabas en las rutas 75 y 185 y en la guagüita de los médicos para garantizar la comida a su familia. Tras su jubilación, esa búsqueda del pan de cada día se convirtió en su obsesión. Eso lo mantenía activo. Era previsor, visionario. Nunca las cosas lo cogieron por sorpresa.

Los que estamos lejos
Este es el adiós de los que hoy estamos lejos, empezando por su hijo Roberto, su nuera Emma y sus nietos Carlos Manuel y David en Viena, y pasando por su sobrino Tony en Nueva York, sus otros sobrinos en el exterior, mis hermanas Mary y María Isabel en Miami, y terminando por mi esposa Taty, mis hijos Juan Carlos y Víctor Manuel, y yo, en Holanda.

Hubiéramos querido estar allí, para darle nuestro último adiós, pero la distancia se acorta con estas palabras sobre papel. El representa mucho para todos nosotros. Seguirá en nuestros pensamientos y en nuestros corazones, porque como decía nuestro Apóstol José Martí: La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida. Y Plácido, El Chino, nos deja el legado de una obra que contiuará viva en todos nosotros.

¡Adiós Pipo!, ¡Adiós Abuelo!, ¡Adiós Chino!

lunes, 18 de mayo de 2009

¡La Alta Casa de Estudios me abrió las puertas!

Mi vocación era otra

Me parece estar tocando a la puerta de la secretaría general de la Escuela Pedagógica ‘Presidente Salvador Allende’, en el municipio habanero de Boyeros. Aquella mañana de julio de 1976 me entregaron mi expediente escolar y la carta con la que se oficializaba mi baja de ese centro docente. Ese cuarto año de la carrera de magisterio me había dado la posibilidad, con sólo 15 años, de rectificar mi orientación vocacional.

Durante ese curso escolar 1976-77, en que tuve mi primera práctica como maestro frente a un aula de primer grado, me convencí que lo mío no era la docencia y que, sin lugar a dudas, el periodismo había tocado a mi puerta, y de qué manera. Durante los tres años anteriores, mientras estuve recibiendo las clases y formándome como maestro emergente (empecé la carrera a los 12 años), me fui acercando al arte de hacer radio, con mis frecuentes apariciones en la radio base de la Escuela Pedagógica. Aquella experiencia juvenil me despertó la curiosidad por descubrir cosas más allá de las frecuencias radiales y el éter.

Con aquella escasa edad y con sólo décimo grado terminado, tenía que buscar la manera más factible de enrumbar mi destino. Terminar el 11 y 12 grados en una Escuela Preuniversitaria en el Campo no me daba ninguna seguridad para matricular la carrera de Periodismo, que siempre contaba con pocas plazas y era muy discutida entre los estudiantes.

No me quedó más remedio que apelar a mi vocación. Como no tenía edad laboral, comencé a trabajar de manera voluntaria en el departamento de Finanzas de la UJC de Güira de Melena para, de esta forma, acceder a la Facultad Obrero Campesina del municipio Alquízar, en el curso para trabajadores, única manera de terminar la enseñanza preuniversitaria.

Mientras, trabajaba y asistía a las clases de jueves y sábados, y las combinaba con la función de corresponsal voluntario de Radio Ariguanabo. En esa emisora recibí el apoyo de Marta, Magaly Pérez, Freddy Díaz y Eliza Franchi-Alfaro y otros colegas, que me enseñaron el ABC del periodismo y me estimularon a continuar mis estudios superiores.

Aquel ejercicio del periodismo me proporcionó la práctica necesaria como para salir del ámbito regional y enviar mis informes a Radio Reloj, la emisora del tiempo y las noticias. A él le debo enseñanzas como profesional de la palabra. Con su labor motivó en mí y muchos otros corresponsales, el amor por esta profesión.

Hasta en los periódicos Granma y Juventud Rebelde llegué a publicar informaciones que se generaban en el municipio. Fue así que me di a conocer en el medio, y hasta un programa juvenil llegué a producir y presentar junto a Mayda González, en mi querida Radio Ariguanabo.

Una vez terminada la Facultad Obrero Campesina, me presenté en la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana, por aquel entonces en la esquina de Zapata y G, en la Facultad de Artes y Letras. Hasta allí fui con avales de Radio Ariguanabo y Radio Reloj y solicité la carrera de Periodismo (curso para trabajadores). El vínculo laboral de manera permanente con un medio era primordial. Yo lo estaba, pero no de manera fija. Pero tuve suerte. Otorgaron 60 plazas; yo fui el 58 en la lista. ¡La Alta Casa de Estudios me abrió las puertas! Continuará…

jueves, 17 de abril de 2008

Los 52 de mi hermana Olga

Un cariño muy especial me une a ella

Mi hermana Olga celebró el 12 de febrero su 52 cumpleaños con dos grandes records: 4 hijos (Viviam, Osvaldo, Olga Lidia y Ana Iris) y 11 nietos, y otro en camino. Sin lugar a dudas una familia numerosa para los tiempos que corren. Después de todo, ha de ser interesante verse rodeada siempre de niños desde que cumplió sus 15 años con la primera de sus hijas en los brazos. Aunque no sé qué pensar, porque a veces, según confiesa, anhela un descanso de tanto trajín.

Cuando nací, Olga tenía casi cuatro años y 9 meses, lo que se traduce en una gran pausa en la carrera de maternidad de mi madre, quien tuvo a mis tres primeros hermanos escalonadamente: Mary, en abril de 1954; José Alberto, en marzo de 1955, y a ella, en marzo de 1956.

No sé si Olga Eulalia, que es su nombre completo, experimentó mi llegada al mundo con recelo o si disfrutó la novedad de tener un muñequito de carne y hueso con quien jugar. Me inclino más por lo segundo, aunque mi memoria no me deja viajar tan lejos. Sí me permite, en cambio, recordar que siempre estuve muy ligado a ella, porque era muy cariñosa.

Olga, a sus 16 años, junto a Mima y Pipo

Lamento que la memoria fotográfica de aquella época sea escasa y que mis padres no nos llevaran a tomarnos una foto en el estudio fotográfico de Rubén y Mercedita, ubicado en la calle Cuba, en la arteria principal del municipio Güira de Melena, donde nacimos. Es una lástima que no tengamos ninguna foto juntos de cuando éramos pequeños.

A Olga, la tercera de mis hermanos le tocó, en parte, ayudar a Mima en el cuidado de sus otros tres hermanos en este orden: Yo, Juan Carlos, que nací en diciembre de 1960; María Isabel, que llegó al seno de la familia en marzo de 1963, y Gisela, que fue bienvenida en septiembre de 1967.

El que nace para criar hijos del cielo le caen los pañales, y justo eso le pasó a Olga, porque se anticipó demasiado en eso de formar una familia y, como quien dice, pasó del juego de muñecas a la realidad sin hacer transición. Cuando debió estar sentada en un pupitre estudiando y preparándose para la vida, se vio con la responsabilidad que conlleva un embarazo y su posterior desempeño como madre.

Eran otros tiempos, a inicios de la década de los 70, en que muchas jóvenes se dejaban llevar por los impulsos del amor y las hormonas, y ante el desmedido control de los padres, optaban por el casamiento. Qué metida de pata, me dijo hace unos años, cuando ya cuarentona se dio cuenta que había desperdiciado su juventud y que su profesión terminó siendo sólo madre y abuela.

Hoy día sigue entre pañales porque, para colmo, hace medio año le nacieron unas nietas jimagüitas (Leyanis y Leyanet), que viven en el apartamento que tiene su hijo Osvaldo (Papo) encima de su casa. Aparejado le ha tocado la semiresponsabilidad de atender a una de las nietas, a pedido de su hija mayor Viviam, que emigró como balsera a Miami, va a hacer ahora un año.

Olga es una hermana muy especial. Es la que más se parece a nuestra madre, ya fallecida. Heredó de ella su carácter fuerte, pero es cariñosa y tiene muy buenos sentimientos. No escatima en ayudar a sus hermanos aunque tenga que quitarse las cosas. Ejemplos hay de sobra. Lo sabemos quienes la queremos.

miércoles, 19 de marzo de 2008

¡Feliz cumpleaños mi hermano!

José Alberto (Pepe) a sus 53 años

Mi hermano José Alberto (Pepe) debe, al menos, su primer nombre a San José. Obvio si nació en medio de la celebración de las históricas berbenas en honor a este Santo, patrón de Güira de Melena, municipio de donde somos oriundos los Roque García.

José significa "Dios me ayuda". De San José únicamente sabemos los datos históricos que San Mateo y San Lucas nos narran en el evangelio. Su más grande honor es que Dios le confió sus dos más preciosos tesoros: Jesús y María.

A San José, le dicen el santo del Silencio. Es un caso excepcional en la Biblia: un santo al que no se le escucha ni una sola palabra. No es que haya sido uno de esos seres que no hablaban nada, pero seguramente fue un hombre que cumplió aquel mandato del profeta antiguo: "Sean pocas tus palabras". Quizás Dios ha permitido que de tan grande amigo del Señor no se conserve ni una sola palabra, para enseñarnos a amar también nosotros en silencio. "San José, Patrono de la Vida interior, enséñanos a orar, a sufrir y a callar".

De mi hermano sé mucho más. En sí se parece un poco a San José porque es igual de silencioso, pero después de grande, porque cuentan que de niño era un remolino. Y yo recuerdo que de adolescente era "candela", en el mejor sentido de la palabra. Quiero decir que le gustaba el peligro, era aventurero. Lo mismo se ponía los patines y se colgaba detrás de una carreta de caña... que se salía de casa en dirección de la escuela... y ojos que lo vieron ir...

Si bien en su etapa juvenil Mima y Pipo pasaron trabajo con él, con el paso de los años mi hermano Pepe sentó cabeza. A él le interesaba más la mecánica y estar encima del camión Ford 46 de mi papá que ir a la escuela. De hecho aprendió a manejar el carro con 13 o 14 años. Y ahí me ganó, porque yo vine a tener un timón en las manos a los 35 años.

Aquellos pasajes de la adolescencia quedaron en la historia. Luego, durante los tres años que estuvo en el Servicio Militar Obligatorio, mantuvo en vilo a mi mamá, que no soportaba la idea de que estuviera tan lejos. Si mal no recuerdo, una etapa del reclutamiento fue en Camagüey, a 650 kilómetros de La Habana. Después de todo, aquello de estar siempre encima del camión de Pipo, le sirvió para prestar sus servicios de chofer en la Unidad Militar a la que pertenecía.

Cuando contrajo matrimonio con Librada Hernández vivió la primera etapa de la relación en casa de mis padres, hasta que consiguió que le asignaran una de las habitaciones de una escuela rural en desuso, a la que el Ministerio de Educación de Güira convirtió en viviendas para sus trabajadores. Por entonces Pepe era chofer de un funcionario de Educación, y después pasó a manejar un ómnibus escolar.

Luego de vivir unos cuantos años en medio del campo, muy cerca de la costa, aguantando los mosquitos de la costa sur y cuando ya se había acostumbrado al agua salobre de esa región, regresó a Güira y estableció su residencia. Hoy disfruta de un techo digno, gracias a su esfuerzo y el empujón de sus hermanos, sus sobrinos y su hija que, desde el exterior, le han dado una mano.

Su hija primogénita, Katia, nació en 1977. Quiere decir que fue padre a los 22 años. Ahí también me supera, porque yo recién me convertí en papá a los 28 años. Su segunda hija, Kenia, vino al mundo en 1981. Si loco de felicidad estaba con sus dos niñas, cuando llegó su primer nieto, Luisito, en el año 2000, navegó en un océano de alegría. Había llegado el varón que tanto esperaba.

Hasta a Holanda vino a hacerme la visita. Eso fue en el 2001. Había que verlo. Qué manera de disfrutar este paseo por el país de las flores, del queso y de los molinos.

Para mí fue una alegría inmensa tenerlo en mi casa, recordar aquellos tiempos de la infancia, aquella convivencia en familia junto a Pipo y Mima, a quienes ya por esa época habíamos perdido. Entre recuerdos del pasado y vivencias del presente, Pepe se llevó de Holanda unos días diferentes en su mochila de la vida.

Al cabo de los años, su hija Katia emigró a los Estados Unidos. Y tanto a él como a su esposa, el mundo se les derrumbó. Aquella partida destrozó sus vidas. Pero Dios es grande, y al cabo de un tiempo, su hija Kenia les devolvió otra vez la alegría. Nació su nieta Katy, que lo tiene también como un abuelo chocho. Y para premio, la visita de su nieto Luisito junto a sus padres. Así que después de todo, ha vuelto a ser un abuelo feliz.

Hoy, 19 de marzo, cuando cumple sus 53 años, vienen a mis recuerdos las andanzas de cuando niño. Me lleva 6 años, así que alcancé a jugar de manos con él. Y sí, era un remolino, pero también un remolino de cariñoso. Siempre supo ganarse el cariño de sus cinco hermanos, que nos desvivimos por él. Como San José, silencioso, poco expresivo, introvertido, pero con un corazón muy grande, que late al ritmo del bien y la justicia.


Datos estadísticos:
Tienes 53 años
Has nacido un sábado en un frío día de invierno
Desde que naciste han pasado 19359 días
Desde que naciste han pasado 636 meses
Desde que naciste han pasado 2765 semanas
Cumplirás años de nuevo dentro de 365 días
Tu signo en el horóscopo chino: Cabra
Tu signo del zodíaco: Piscis Tu planeta: Neptune y Júpiter
Tu color: Turquesa, verde mar Tu piedra: Aguamarina
Tu número base de nacimiento: 6

sábado, 1 de marzo de 2008

Feliz cumpleaños, Tali

Recuerdos desde la distancia

Eres la hermana que me sigues. Naciste cuando yo tenía 2 años y tres meses. No recuerdo tu llegada al mundo porque mi memoria no registra ese momento. Pero sí tengo una vaga idea de que nuestra madre nos mecía en el sillón a los dos juntos, uno en cada brazo. Y no sé bien quiénes disfrutábamos más del balancín, si Mima o nosotros. Hoy 2 de marzo del 2008, cumples 45 años. A ti van dirigidos estos recuerdos desde la distancia. FELICIDADES MI HERMANA!

María Isabel, Gisela y yo

Tali, como siempre te llamé desde pequeño (no sé por qué), eras mi hermanita de los juegos, porque Olga, Pepe y Mary tenían 6, 7 y 8 años, respectivamente, más que nosotros. Así que, con el tiempo, esa diferencia de edades de nuestros tres primeros hermanos influyó muchísimo a la hora de compartir nuestras andanzas infantiles aunque, por supuesto, de vez en cuando jugábamos juntos al escondido, a las bolas; a la pelota; al 1, 2, 3, muñequito trapo es; a la rueda rueda, y al pon. En aquellos años tu y yo éramos sus mascotas.

Tuve que esperar unos cuantos años para que te igualaras a mí en tamaño y habilidades. Recuerdo que las operaciones ortopédicas a las que fuiste sometida en una de tus manos, cuando aún era una bebita, frenaron un poco el desarrollo normal de tu infancia. Tus deditos nacieron como agarrotados, y tuvieron que ir enderezándolos uno a uno. No obstante, lo protegida que estaba por nuestros padres y hermanos mayores, pocas no fueron las caídas y los choques cuando corríamos juntos.

Después los hermanos mayores fueron creciendo y despuntaron hombres y mujeres. Con decir que cuando yo tenía 9 años y tú 7, ya Olga, nuestra tercera hermana, estaba esperando a su primera hija. Así que tu y yo terminamos jugando con los amiguitos del barrio ‘La Vigía’, donde residimos hasta 1971.

La casa que nos cobijaba como familia numerosa (seis hermanos, porque después en 1967 llegó Gisela), era de techo de guano, con una amplia sala y un dormitorio a cada lado, y un medio punto servía de división con el comedor, que a su vez, comunicaba con la cocina, a la derecha, y desde ésta se iba al baño. A mano izquierda del comedor había una tercera habitación. Delante y detrás de la casa habían sendos portales donde nos pasábamos la mayor parte del tiempo jugando.

Desde que tuve uso de razón, observé que fuiste siempre muy voluntariosa, emprendedora y lista, aunque en ocasiones te mostrabas un poco introvertida. Te las ingeniabas muy bien para hacer valer tus derechos cuando de competencia se trataba. Tenía tu genio y también tus leyes. Debías haber estudiado Derecho, porque saliste buena defensora de las causas justas.

En la escuela eras inteligente y tenías buenas notas. Te gustaba estudiar y formar equipos, y brillabas en la realización de las tareas colectivas. Si no me equivoco, fue una pena que, al llegar al nivel secundario, Mima no valorara tu capacidad e inteligencia y no te dejara continuar tus estudios.

Como hermana siempre nos regalaste el cariño que de ti desprendía. En aquellos años compartimos muchas alegrías y momentos lindos. Desde pequeña fuiste muy dispuesta a cooperar en las labores de la casa. Aprendiste de Mima cómo mantener la limpieza, lavar bien la ropa, tener la cocina brillando, etc. Ahora eres el reflejo de todas esas habilidades caseras.

Como tía no puedes ser mejor. Tus sobrinos te adoran, porque te ven como una segunda madre. Te has ganado ese cariño con la dedicación de muchos años. Recuerdo que todavía no habías sido madre y ya te llamaban mamá, sobre todo los hijos de nuestra hermana Olga que se criaron muy apegados a ti. Los demás sobrinos te quieren muchísimo y conservan muy buenos recuerdos de aquellos años en que, como ahora, te desvivías por atenderlos cuando te visitaban. De hecho, mis hijos Víctor y Juan siempre hablan de tía María Isabel con mucho cariño y están conscientes de cuánto te preocupas por ellos, sobre todo tu ahijado Juanqui.

¡Qué decir de tu papel de madre abnegada!... La vida te ha premiado con dos hijas maravillosas, Lideybys y Lisandra, y con Dudleys, hija de una sobrina que la has criado como si también fueras su madre. A las tres le has inculcado los buenos valores, y con el apoyo de Albe les has enseñado lo que es el respeto y la humildad.

A tus 45 “primaveras”, ocupas hoy el lugar que dejaron nuestros padres, y siempre estás pendiente de toda la familia, aunque no todos te lo reconozcan como deberían. Ahí estás, María Isabel , al tanto de todo cuanto ocurre a tu alrededor, uniendo a los hermanos y a los sobrinos, y propiciando el entendimiento y la continuidad de la familia Roque García.

¡Feliz cumpleaños, mi hermana! Te has sabido ganar ese lugarcito en nuestros corazones. Le pido a Dios y a la vida que te siga premiando con toda la felicidad que te mereces y que, sobre todas las cosas, te de mucha salud para esperar la llegada de tus nietos.

¡¡¡¡¡ TE QUEREMOS MUCHO !!!!!!!!!!

domingo, 20 de enero de 2008

Feliz cumpleaños tía!

Te queremos un montón !

Querida tía:
Sabemos que hoy te hubiera gustado celebrar tu 70 cumpleaños con la presencia de todos nosotros. De seguro te íbamos a aplaudir porque como tú no hay dos en este mundo. La lejanía de Roberto y familia y de nosotros 4 no lo han permitido. Pero María Elena ocupará hoy nuestro lugarcito. Estará junto a ti dándote cariño y logrando en ti una sonrisa, a pesar de las circunstancias.

Tía, estos largos años junto a ti y el Chino, hacen que hoy se agolpen en nuestros corazones tres sentimientos: orgullo por lo mucho que representan para nosotros; confianza en el porvenir, por la seguridad que siempre nos han dado, y renovada determinación de seguir optimistas con la misma pasión y entrega que hemos aprendido de ustedes.

FELIZ CUMPLEAÑOS!!!
Quienes te queremos un montón.
Víctor, Juanqui, Taty y Juan Carlos